domingo, 21 de octubre de 2012

La leyenda de la Vera Cruz


Una de las vivencias más intensas en relación con la pintura la tuve en el año 2005 durante un viaje estupendo que hice a la Toscana gracias a la generosidad de mi amiga Matilde Asensi. Acababan de restaurar los frescos de la capilla mayor de la Basílica de San Francisco, en Arezzo. En este conjunto de frescos se narra la leyenda de la Vera Cruz por Piero Della Francesca, el pintor humanista y matemático natural de la región de Arezzo que es el más grande a mi modo de ver de todo el quattrocento italiano. Poder ver aquellos frescos devueltos a su esplendor tras la restauración fue un inmenso placer y un privilegio que siempre le deberé a Matilde, gracias por aquel verano maravilloso. Otros podrán decir que la Capilla Sixtina es el summum de la pintura, pero eso es porque aún no se han acercado a Arezzo a ver el ciclo de la Vera Cruz.

Lo que me gustaría hacer en esta ocasión, más que hablar de la vida y relevancia de Piero Della Francesca, que no necesita que yo la encarezca, es contar la leyenda de la Vera Cruz, más o menos tal como la cuenta un libro medieval que recomiendo a cualquier interesado en el arte: "La Leyenda Dorada", de Santiago de la Vorágine. Mi relato, aunque mal, resume e intenta imitar el encanto del original, conserva el estilo del relato hagiográfico, que era y es una historia de fe, y a la vez, espero, ayudará a descifrar la imágenes del gran Piero Della Francesca.


         LEYENDA DE LA VERA CRUZ

    I LA MUERTE DE ADÁN

Como Adán se encontrase seriamente enfermo, su hijo Seth fue a las puertas del Paraíso y pidió un poco de óleo del Árbol de la Misericordia, para ungir con él el cuerpo de su padre y que éste sanara, pero el Arcángel San Miguel le respondió: “No te canses más buscando el óleo del Árbol de la Misericordia, porque no lo obtendrás hasta que hayan pasado cinco mil quinientos años”. 

A cambio el ángel le dio un tallo de árbol, mandándole que lo plantase en el monte Líbano. Al volver Seth junto a su padre, como Adán había ya muerto entre tanto, lo enterraron y plantaron el tallo que el ángel le diera sobre su tumba. El tallo prendió y se convirtió en un corpulento árbol que duró hasta los tiempos del rey Salomón.















     II LA VISITA DE LA REINA DE SABA A SALOMÓN

El rey Salomón al ver un árbol tan grande y corpulento en el monte Líbano, quiso usar su tronco para edificar su palacio y así quiso hacer de él una viga para colocarla en la techumbre de su palacio, pero por alguna misteriosa razón la viga siempre quedaba demasiado corta o larga en cualquiera de los sitios que querían colocarla, de modo que viendo los albañiles que no cuadraba en parte alguna se sirvieron de ella para colocarla a modo de pasarela para cruzar un pequeño riachuelo.
La reina de Saba, que había viajado para conocer la sabiduría de Salomón, tuvo al ver la viga una sobrenatural revelación sobre el hecho de que el Salvador del mundo sería colgado de ella y así, no consintió en hollar con sus pies aquella pasarela sino que la adoró devotamente. Al llegar al palacio, anunció al rey que algún día alguien sería colgado de aquel madero y a causa de ello el reino de los judíos se vendría abajo definitivamente.














        III EL ENTIERRO DE LA MADERA DE LA CRUZ

El rey mandó retirar la viga y enterrarla en las entrañas de la tierra donde no pudiera ser encontrada jamás. Con el tiempo en aquel lugar, en Bethseda, los judíos hicieron la piscina probática donde purificaban a sus víctimas y las curaciones milagrosas que se obraban en ella se debían a aquella madera que yacía bajo el subsuelo.





      IV VISIÓN DE CONSTANTINO

Siglos más tarde, después de que Nuestro Señor hubiera muerto en la Cruz, hecha precisamente de aquella viga procedente del árbol de Adán, cuya historia hemos contado, el Emperador Constantino, durante los días previos a la decisiva batalla en la que iba a disputar el imperio al tirano Majencio, mientras dormía en su tienda tuvo un sueño en el que se le aparecía en el cielo hacia la parte del Oriente una Cruz muy brillante, como si fuese de fuego; mientras él contemplaba esta señal dos ángeles se colocaron a su vera de pie sobre el suelo y le dijeron: “Constantino, con esta señal vencerás”.





         V BATALLA DEL PUENTE MILVIO

Constantino, que se hallaba indeciso sobre el significado de esta señal, recibió del Cielo un aviso aún más claro: La noche siguiente se le apareció Cristo y le mostró la misma señal y le mandó que hiciera reproducciones de ella y que las llevasen él y sus hombres en la batalla que iban a dar y en cuantas dieren y le aseguró que si así lo hacían saldrían siempre victoriosos. Así se hizo por primera vez en la batalla del puente Milvio en la que venció a su enemigo Majencio, quien pereció ahogado en el río Tíber.





















    VI LA TORTURA DEL JUDÍO

La emperatriz Elena, madre de Constantino, era cristiana y se propuso buscar la Cruz del Salvador. Para ello fue a Tierra Santa, a pesar de que habían pasado muchos años desde la muerte de Cristo, con la fe de que la encontraría. Un judío de nombre Judas había recibido de sus antepasados la información de dónde se hallaba la Cruz, al mismo tiempo que la recomendación de no revelárselo a nadie, ya que, según le habían dicho, en cuanto fuese hallada, el tiempo de los judíos sería acabado y sus leyes abrogadas por los seguidores del Crucificado.

La emperatriz, hizo llamar a Judas y ante su negativa le hizo enterrar en un pozo seco durante siete días, en los que no se le permitió comer ni beber. Al séptimo el judío dijo que estaba dispuesto a decir dónde estaba la cruz y salió y los condujo hasta el lugar donde sabía que estaba. Al llegar allí se produjo un terremoto y de entre la tierra removida exhalaron aromas que impregnaron todo el lugar, mostrando así ser allí donde se hallaba la Cruz de Cristo.






       VII HALLAZAGO Y PRUEBA DE LA VERA CRUZ

Cuando excavaron en el lugar que Judas les indicara, hallaron tres cruces, las tres de los crucificados en el Gólgota. No sabiendo cuál de ellas era la de Jesucristo, Elena hizo colocar las tres cruces en un lugar público de Jerusalén pensando que la eficacia de la Verdadera Cruz se mostraría mediante alguna señal. Así fue en efecto: un cortejo fúnebre fue a pasar por el lugar donde estaban expuestas las cruces, llevando a un joven muy llorado por los suyos. Judas detuvo el cortejo e hizo poner sobre el muerto cada una de las cruces sucesivamente; al colocar sobre el joven la tercera cruz resucitó y de este modo quedó acreditado que aquella era la Cruz donde el Salvador dio la vida por nosotros.





















       VIII BATALLA DE HERACLIO CONTRA COSROES

Santa Elena llevó consigo una gran parte de la Cruz a Roma, pero dejó en Jerusalén, en el templo consagrado donde estuviera el Santo Sepulcro, un fragmento del leño de la Cruz para perpetua veneración en aquel lugar.

Siglos más tarde el rey de los persas Cosroes invadió el imperio de los romanos y tomó la Ciudad Santa de Jerusalén, adueñándose del trozo de la Vera Cruz que Santa Elena había dejado en el Santo Sepulcro y huyó con él a Persia. El emperador Heraclio se puso al frente de sus tropas, persiguió a Cosroes hasta el mismo corazón de su reino y, tras muchos sacrificios para su ejército y para todo el imperio, lo venció y recuperó el fragmento de la Cruz y lo trajo consigo de vuelta a Jerusalén, la Ciudad Santa.






























        IX EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Con ocasión de la devolución de la Cruz a Jerusalén se produjo un último prodigio que dejó estupefactos a cuantos lo contemplaron. El rey llevaba en persona el leño de la Cruz con gran boato y pompa imperial y, cuando se dirigía a la Ciudad Santa,  por casualidad fue a entrar por la puerta por donde en otro tiempo hiciera Jesús su última entrada para la Pascua. Al ir el emperador a franquear la puerta, se produjo un terremoto y las piedras de la muralla se derrumbaron impidiendo la entrada. En ese momento apareció un ángel enarbolando una cruz que dijo: “cuando el Rey de los Cielos entró por esta puerta lo hizo, no con pompa y boato, sino montado sobre un asno, como eterno ejemplo de humildad para cuantos en el futuro se considerasen discípulos suyos”. El emperador conmovido lloró y despojándose de sus regios ropajes y de su corona, quedó en camisa y descalzo sujetando el leño de la Cruz. En ese instante, las rocas que antes habían impedido la entrada se movieron solas dejando el paso franco al emperador y su comitiva. De este modo la Cruz de Cristo quedó restituida a su lugar, donde obró todavía muchos más milagros.













FINIS


Vista de la capilla mayor de la Basílica de San Francisco de Arezzo





2 comentarios:

  1. Com saps tantes coses? Amb tu sempre s'aprén.

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  2. Avui dia no té cap mèrit, tot està en internet, però els de clàssiques tenim una cultura que s'assembla més a la d'un monjo medieval que a la d'una persona contemporània. Gràcies de totes maneres :)

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