martes, 1 de agosto de 2017

Parecidos razonables II. Bailando

Vamos a emprender un viaje que nos conducirá, desde un  impresionante cuadro de Rubens  que se alberga en el Museo del Prado, en Madrid, hasta una delicada maravilla pintada por Watteau casi un siglo después, y que podemos ver en la Dulwich Gallery de Londres. Para ello tendremos que hacer sin embargo una parada por el camino. Espero que disfruten del viaje, comenzamos.


Pieter Paul Rubens (Siegen 1577 - Amberes 1640) fue sin duda el pintor más influyente de su generación y uno de los más eximios representantes del barroco. A nivel pictórico es él quien reconcilia a la escuela veneciana con Miguel Ángel y, con el añadido de la herencia artística flamenca, crea mediante una síntesis personalísima una obra potente e intensa que seducirá a todos cuantos vivieron en la primera mitad del siglo XVII. Hoy su obra decora la mayor parte de los palacios y museos europeos. Su autor fue un hombre riquísimo para los estándares de su profesión y gracias a la incesante demanda de sus cuadros dio trabajo a un enorme taller que también funcionó como escuela, ampliando así su influencia. Pero eso no es todo, su cultura y su tacto le hicieron acreedor al favor de los príncipes más importantes de su época, quienes le encomendaron con frecuencia misiones diplomáticas y le ennoblecieron. Rubens enseñó así a los artistas contemporáneos que un hombre que trabaja con sus manos también puede acceder a la nobleza,  y que la pintura ya no es sólo un trabajo de menestrales, sino que el arte y el ingenio pueden otorgar la máxima distinción social.

Tras una larga carrera de éxitos, Rubens se contruye una bella casa en Amberes y se dispone a vivir su edad madura como un caballero. Viudo desde hace poco, decide casarse con una sobrina política, Helena Fourment, una joven de 16 años de la que está profundamente enamorado, aunque él tiene 53 y se lleva 37 años con su esposa, este matrimonio supondrá para el pintor un época de intensa felicidad que plasma en una obra de gran madurez y con un tono intimista alejado de la pomposidad de los encargos habituales. El artista pinta por primera vez para sí mismo, crea una colección que ha ido reuniendo en su mansión a la que suma estas obras personales que hace para su propio placer y que enseña sólo a los pocos afortunados que son recibidos a su intimidad.

Una de estas obras, la bellísima "El jardín del amor", puede ser hoy contemplada en el Museo del Prado gracias al hecho de que el rey Felipe IV, coleccionista apasionado, y gran admirador de Rubens, compra el cuadro en la subasta que tiene lugar al repartir el legado testamentario del pintor. La obra es un canto de amor: en un  jardín amueblado con un templete unas parejas evolucionan, cantan, se divierten y cortejan en amable compañía. El cuadro es un homenaje a la belleza de Helena Fourment y al amor conyugal. Estamos en un universo muy cercano a la fête galante, aunque las referencias son todavía tardorrenacentistas.



Pieter Paul Rubens. El jardín del amor, ca. 1630-35. Museo Nacional del Prado, Madrid.



Como ya he dicho, el cuadro apenas circuló, ya que su autor lo retuvo para su deleite personal y cuando se vendió fue directo a las colecciones del rey de España, de modo que no muchas personas tuvieron acceso a la pintura original. Sin embargo no hay que perder de vista que Rubens era un celebridad y que su casa era un museo y centro de peregrinación para intelectuales y artistas, como tampoco hay que perder de vista que el propio autor cultivaba con esmero la difusión de su legado mediante la ejecución de grabados que sí tenían una circulación mucho más amplia, controlando qué artistas los elaboraban y proporcionándoles en muchas ocasiones dibujos para facilitar su tarea en el paso de uno a otro formato. Es el caso de los grabados que hizo Christoffel Jegher con la colaboración del pintor que hizo los dibujos que se ven a continuación para ayudar al grabador. De este modo la obra, pese a estar el cuadro original a buen recaudo, gozó de amplia difusión entre los ambientes artísticos desde el mismo momento de su creación.



 Pieter Paul Rubens. El jardín del amor. Dibujo sobre papel. Metropolitan Museum of Arts, New York.

Pieter Paul Rubens. El jardín del amor. Dibujo sobre papel. Metropolitan Museum of Arts, New York.




 Grabados según los dibujos de Rubens a cargo del grabador Christoffel Jegher, ca. 1630s
(los grabados originales tienen la imagen invertida respecto del dibujo, por eso he puesto los originales y su imagen invertida. Para verlos en grande recomiendo clicar con el botón derecho)


Grabado de Louis-Simon Lempereur, ca. 1650-70. British Museum, London. (La imagen del grabado original también está invertida respecto del cuadro)



El autor al que pretendemos llegar como término en esta búsqueda de correspondencias u homenajes es Jean-Antoine Watteau (Valenciennes 1684 - Nogent-sur-Marne 1721). No podrían concebirse dos artistas o personas más opuestos que Rubens y Watteau. El primero extrovertido, exitoso, rico, longevo, respetado, el segundo un paria que no tuvo ni esposa ni amante ni dinero, que murió joven de tuberculosis y al que el éxito le fue esquivo, y cuando le llegó, lo hizo de manera póstuma. Asociamos la obra de Watteau con un género que siempre se ha considerado de su invención, la fête galante, un tipo de escena donde unos personajes vestidos con ropajes de brillantes sedas, en unos atuendos entre cortesanos y teatrales, es decir, un poco incoherentes, pasean, bailan, tocan música, cortejan o bailan en escenarios entre palaciegos y rurales, las naturalezas nunca está muy claro si pertenecen a un jardín o a un paisaje campestre, es un jardín ruralizado o un campo civilizado, un lugar irreal en cualquier caso. Lo que hace de la obra de Watteau la maravilla etérea y casi milagrosa que es, es esa cualidad brillante de sus sedas, esa gracia en la gesticulación y el movimiento de sus personajes, la elegancia frágil de un mundo que brilla como visto a través de un pedazo de ámbar, o de una gota de miel.

Sin embargo entre estos dos artistas, Rubens y Watteau, tan diferentes, hay un nexo de unión que me parece indudable. Si uno contempla el "Jardín del amor" y a continuación se fija en esta obra titulada "Les plaisirs du bal" no podrá negar que son dos pinturas con un espíritu bastante afín. Me parece claro que el último Rubens con su obra da origen al género nuevo, aunque él no llegue a desarrollarlo, de la fête galante. Ahora bien, si parece razonable postular a Rubens como el estímulo original, no cabe duda en todo caso de que las dos obras están penetradas de estilos, y de espíritus, muy diferentes: donde el uno es rotundo, vitalista y sensual el otro es liviano, melancólico, casi inmaterial. Es cierto que Watteau tuvo que estar sometido a la influencia de Rubens, ya que procede de un medio geográfico muy cercano a Flandes y además en las colecciones reales del Louvre Rubens está sobrerrepresentado. Y sin embargo hay todavía un nexo que nos falta. Son autores demasiado alejados en el tiempo, han pasado ya 40 años de la muerte de Rubens cuando Watteau nace, pertenecen a contextos culturales demasiado distantes como para que el diálogo se produzca si mediaciones, algo nos falta...



Jean-Antoine Watteau. Les Plaisirs du Bal, ca. 1715-17. Dulwich Picture Gallery, Londres.



El eslabón perdido que necesitamos creo que debería buscarse entre la generación de pintores flamencos intermedia entre Watteau y Rubens, aquellos que, nacidos alrededor del segundo tercio del siglo XVII llegan a ver su final y entroncan así con el siglo de las Luces. En este ambiente de unos Países Bajos españoles que cada vez gravitan más hacia la corte francesa, la nueva potencia emergente, he encontrado un pintor apenas conocido que podría ser nuestro eslabón perdido necesario para enlazar a Rubens con Watteau. Este pintor es Hieronymus Janssens (1624 -1693), quien crece en el ambiente artístico de Amberes, miembro del mismo gremio de San Lucas al que pertenecieran Rubens o van Dyck, apodado "el bailarín", y que estuvo activo a partir de los años 40 del siglo hasta casi su final. Janssens pinta con preferencia, de ahí su mote, unas obritas donde unos personajes elegantes se muestran en escenas festivas ante decorados arquitectónicos o en bellos jardines, bien sea bailando, o bien en conversación, galanteo o en actitud distendida. Es decir, en fêtes galantes propiamente. He aquí un autor que, crecido y desarrollado en el mismo ambiente que vio nacer a Rubens, evoluciona hacia una obra cortesana más leve, más cercana al estilo galante versallesco, con unas composiciones de personajes, escenarios y paisajes que son ya muy afines a lo que Watteau desarrollará más plenamente con su genio inimitable. La verdad es que la obra de este autor, aparte de un descubrimiento absoluto, al menos para mi, hay que reconocer que tiene un delicioso encanto y una discreta novedad. Espero que lo disfruten.



 Hieronymus Janssens, "el bailarín". Baile en la terraza de palacio, o Baile en la corte de Juan de Austria.

 Hieronymus Janssens, "el bailarín". Carlos II bailando en un baile en la corte, ca. 1660.


 Hieronymus Janssens, "el bailarín". Fiesta en un interior.


 Hieronymus Janssens, "el bailarín". Le jeu de la "main chaude".


 Hieronymus Janssens, "el bailarín". Una fiesta en los jardines reales.


Hieronymus Janssens, "el bailarín". Baile en una terraza con fondo arquitectónico, ca. 1668-70.




2 comentarios:

  1. Rubens siempre será uno de los mejores pintores de todos los tiempos, por lo que la excelencia del cuadro que nos muestras tiene fácil justificación, conociendo su autoría. Otro tanto me he ocurrido con el de Watteau, aunque me ha impresionado la grandeza arquitectónica en la que enmarca ese idílico paisaje. Pero mi sorpresa ha sido mayúscula ante la profusión detallística de Janssens, al que desconocía. Me fascina la genial luminosidad del primer cuadro, que acentúa esa espléndida profundidad subrayada por el impecable suelo, el mismo que varía de tonalidad al caracterizar una zona interior en el tercer cuadro; el decorado que con tanta exhaustividad engloba - resaltándolo -, el mínimo detalle y, sobre todo, la ingente cantidad de personajes que aglutina, casi siempre con una actitud activa, consiguiendo infundir vitalidad a las escenas. Una maravillosa sorpresa estival. Gracias.

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    1. Me encanta que te haya gustado Janssens, la verdad es que yo desconocía hasta hace unos días la existencia de este pintor y ha sido una sorpresa de lo más agradable. Me parece una delicia, lástima que no haya podido averiguar en ninguna de las imágenes en qué museos están, por lo que no sé dónde podría uno ver los cuadros originales, quizás en el Rijkmuseum o en alguna galería británica...

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